Pocas ciudades de Europa cuentan su historia con tanta claridad como Carcassonne. Sus murallas son, literalmente, un libro abierto: cada capa de piedra corresponde a una época, desde los romanos hasta la Edad Media. La ciudad acumula unos 2.500 años de historia y ha sido ocupada sucesivamente por romanos, visigodos y cruzados. Esta es la historia de cómo una colina junto al río Aude se convirtió en la fortaleza medieval mejor conservada del continente.
Los cimientos romanos
La parte más antigua de la Cité no es medieval, sino romana. Lo que empezó siendo un asentamiento galo fue transformado por los romanos en una ciudad fortificada, y sus defensas ya estaban en pie hacia el año 333, cuando se la describe como un castellum. Esas primeras murallas galo-romanas siguen siendo visibles hoy en la enceinte interior, reconocibles por su construcción distinta.
Si paseas por las lices, el espacio entre las dos murallas, puedes distinguir a simple vista dónde termina la piedra romana y empieza la medieval. Es uno de los detalles que más sorprende a quien visita la Cité por primera vez.
La leyenda de Dame Carcas
El nombre de la ciudad tiene su propia leyenda, y merece contarse. Según la tradición, Dame Carcas, esposa de un príncipe musulmán de Carcassonne, resistió el asedio del ejército franco de Carlomagno mediante varias estratagemas. La más famosa: hizo arrojar desde lo alto de las murallas un cerdo entero alimentado con el último saco de trigo, para convencer a los sitiadores de que la ciudad aún tenía provisiones de sobra para aguantar.
El engaño funcionó. Los sitiadores, creyendo que la ciudad nunca se rendiría por hambre, levantaron el asedio. Y cuando se marchaban, las campanas repicaron en señal de celebración: «Carcas sonne» (Carcas suena). De ahí, dice la leyenda, el nombre de Carcassonne. La historia es casi con toda seguridad un mito posterior, pero forma parte del alma de la ciudad, y encontrarás un busto de Dame Carcas a la entrada de la Porte Narbonnaise.
Los Trencavel: el nacimiento del castillo
El castillo propiamente dicho, el Château Comtal, nace en el siglo XII. La familia Trencavel recibió la vizcondía de Carcassonne en 1067, y hacia 1130 Bernard Aton Trencavel inició la construcción de un palacio para sí mismo, levantado sobre las antiguas fortificaciones galo-romanas. Aquel palacio fue el germen del castillo que hoy conocemos.
Bajo los Trencavel, Carcassonne vivió su época dorada: una corte de trovadores, comercio próspero y un papel político de primer orden en el Languedoc. Fue también la época en que el catarismo se desarrolló con fuerza en el sur de Francia, y el vizconde Raymond-Roger Trencavel se mostró especialmente tolerante con esta religión, lo que convirtió a la ciudad en refugio de numerosos cátaros perseguidos. Esa tolerancia tendría consecuencias dramáticas.
1209: la cruzada y la caída
La tolerancia de los Trencavel hacia los cátaros enfureció a la Iglesia. En 1208 el papa Inocencio III llamó a los barones del norte a una cruzada contra los cátaros, la llamada Cruzada Albigense. El 1 de agosto de 1209 los cruzados sitiaron la Cité, y Raymond-Roger Trencavel se rindió pocas semanas después, el 15 de agosto, a cambio de salvar la vida de sus ciudadanos.
El destino del joven vizconde fue trágico. Murió de disentería en su propio castillo el 10 de noviembre de 1209. Tenía solo 24 años. Sus tierras pasaron a Simon de Montfort, jefe militar de la cruzada, que continuó la campaña hasta morir en 1218 durante el asedio de Toulouse.
La fortaleza real frente al reino de Aragón
Aquí la historia se vuelve especialmente interesante para un lector español. En 1226 la Cité quedó definitivamente incorporada al dominio real francés. Y su nueva función era clara: vigilar la frontera. Carcassonne se convirtió en una sólida frontera entre Francia y la Corona de Aragón.
Para los reyes de Francia, esto justificó una transformación monumental. Tras la rebelión de los faubourgs en 1240, Luis IX (San Luis) los hizo arrasar y en 1248 instaló a sus habitantes en una ciudad nueva, la bastida, en la orilla izquierda del Aude. A finales del siglo XIII, bajo los reinados de Felipe III el Atrevido y Felipe IV el Hermoso, se modernizaron las fortificaciones y se rehízo buena parte de la enceinte interior.
Es entonces cuando la Cité adquiere su aspecto actual: la doble muralla, las 52 torres, las barbacanas. Todo concebido para impresionar y disuadir. La fortaleza que ves hoy es, en esencia, una declaración de poder real del siglo XIII.
El olvido tras 1659
La importancia militar de Carcassonne se desvaneció de golpe. En 1659, tras el Tratado de los Pirineos, el Rosellón pasó a Francia y la ciudad perdió su valor estratégico. Las fortificaciones quedaron abandonadas y la ciudad se concentró en la industria textil de la lana.
La Cité entró en una larga decadencia. Llegaron incluso a construirse casas adosadas a las murallas, utilizando las piedras del propio monumento como material de construcción. Durante casi dos siglos, la fortaleza más impresionante del Languedoc fue poco más que un barrio pobre que se caía a pedazos.
El rescate de Viollet-le-Duc
A mediados del siglo XIX, la Cité estuvo a punto de desaparecer. El historiador Jean-Pierre Cros-Mayrevieille y el escritor Prosper Mérimée encabezaron una campaña para preservar la fortaleza como monumento histórico. El gobierno revirtió su decisión de demolerla y en 1853 comenzaron los trabajos de restauración, encargados al arquitecto Eugène Viollet-le-Duc.
Fue la mayor obra de restauración del siglo XIX en Europa, y no estuvo exenta de polémica. El trabajo de Viollet-le-Duc fue criticado ya en vida por considerarse inadecuado para el clima y las tradiciones de la región, por ejemplo al añadir tejados de pizarra propios del norte de Francia en lugar de la teja de terracota tradicional. Por eso las torres de Carcassonne tienen esos característicos tejados puntiagudos y grises, que sorprenden por su aire más nórdico que mediterráneo. Los trabajos continuaron tras la muerte del arquitecto en 1879, prolongándose hasta 1910.
De ruina a Patrimonio de la Humanidad
El rescate funcionó. Aquella restauración ejemplar valió a la Cité de Carcassonne su inscripción en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1997. Hoy, con sus tres kilómetros de murallas, su doble recinto y sus 52 torres, es la fortaleza medieval más grande y mejor conservada de Europa.
Recorrer la Cité es, por tanto, recorrer dos mil años de historia en una sola visita: los muros romanos, el castillo de los Trencavel, las defensas reales contra Aragón, y la silueta romántica que le devolvió Viollet-le-Duc.
Visitar el castillo de Carcassonne
El Château Comtal y el recorrido por las murallas son la visita imprescindible de la Cité. Un consejo: ve a primera hora de la mañana, antes de que lleguen los grupos, sobre todo en verano. Y dedica tiempo a las lices, el paso entre las dos murallas, donde mejor se aprecian las distintas épocas de construcción.
Para visitar Carcassonne con calma, alojarse en la Bastide Saint-Louis, la ciudad baja fundada por San Luis en el siglo XIII, es la mejor opción: estás a cinco minutos a pie de la Cité, pero lejos del bullicio turístico de sus murallas.
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